El Peregrinar Cristiano: El Comienzo y el Final

La vida acá en la tierra no es un caos de eventualidades o un azar de oportunidades, aunque nos pudiera parecer que algunos tienen más “suerte” que otros, la vida sin duda está gobernada por Dios, y sólo depende de Él. A muchos no les interesa su razón de existir en la tierra, por defecto han decidido, aún inconscientemente, que su razón es vivir para sí mismos, complacer sus necesidades y deseos; y con eso les basta. Otros parecen buscar una razón más sublime o loable, algo que deje una marca en la tierra, y se abstienen de muchas cosas con tal de ganar una reputación que les dé un nombre importante. Sin embargo, con el pasar del tiempo, las modas cambian, las sociedades mutan, las nuevas generaciones no valoran lo que antes se alababa, y la vida se vuelve esclava de un mundo que rechaza todo aquello que no sirve a sus deseos. Bien concluye el Predicador: Todo es vanidad (Ecl. 1:2, 3-4).

Sin embargo, algo cambia radicalmente cuando Dios interviene para sus gloriosos propósitos redentores: cuando la luz llega a la vida de pobres pecadores que van rumbo al infierno (2 Cor. 4:6). Un glorioso cambio de vida, una renovación del pensamiento, una nueva criatura sale a respirar, y algo muere: una mentalidad esclava con unos deseos contaminados. Un pecador muere y vive al mismo tiempo.

A partir de allí esa persona comienza un viaje, un viaje único porque es espiritual; comienza una guerra, una guerra dura porque es contra sí mismo; comienza a existir un peregrino: un peregrino porque vive en una tierra que no es su casa; un peregrino porque camina como si estuviese buscando un hogar, aunque en su mente y corazón ya lo tiene; un peregrino porque no se le puede identificar con alguna nación en la tierra, sino que vive con los pies en la tierra pero con su corazón en el cielo; un peregrino porque vive como extranjero en el país que lo vió nacer, pero que volvió a nacer en otro lugar fuera de acá.

Este peregrinaje tiene un grandioso comienzo y un anhelado final. No puedo inventar una analogía más perfecta para explicar esto que simplemente recordar dos grandes frases que Jesucristo mismo dijo en su ministerio acá en la tierra. Dos grandes frases que simplifican de manera poderosa lo que es el comienzo del peregrinaje cristiano, y su final: ese momento cuando llega a casa, cuando se encuentra con su Señor.

Todo buen cristiano ha sentido estas palabras una vez en su vida, cuando la luz ha llegado a su vida, cuando vuelve a la vida por la palabra de Dios. Es el comienzo de la vida cristiana. Ya sea literal o muy parecida, todos los cristianos verdaderos hemos escuchado espiritualmente las mismas palabras dichas al paralítico: “TEN ÁNIMO, HIJO; TUS PECADOS TE SON PERDONADOS.” (Mateo 9:2) Así comienza el primer respiro de vida de un peregrino que ha nacido en una patria celestial; éstas son las primeras palabras que espiritualmente escucha por primera vez un cristiano cuando va a Cristo en arrepentimiento y fe.

La historia detrás de tales palabras es tan hermosa como su final milagroso. Todo orquestado por el Gran Dios que sabe armar la historia para enseñarnos más de lo que pensamos, vemos que tal como el paralítico, que no podía moverse sino que fue llevado por otros hasta Cristo, así estábamos nosotros espiritualmente, sin poder movernos, y peor aún: sin querer movernos hacia Dios. Pero, sin haber sido nosotros los que buscamos a Dios, fue Dios mismo que nos buscó y nos trajo hacia Él mismo, y nos llenó de vida, nos perdonó los pecados, y así fue que escuchamos las dulces palabras que dan el comienzo de nuestra vida cristiana: “Tus pecados te son perdonados”.

Para aquel que ha sido convencido de la gran realidad: que su pecado contra Dios es mucho más grande que sus problemas en la tierra, tales palabras salidas de la boca de Aquel que dio su vida en rescate de muchos, de Aquel que se ofreció como pago de toda deuda contra Dios, son un descanso profundo para el alma que busca un perdón que no puede ganárselo. Bien explica el Apóstol Pablo que “el que no obra, sino cree en Aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.” (Rom. 4:5). De ahí el mismo Apóstol cita las Escrituras para mostrar la dicha que es el ser perdonados por Dios, la bienaventuranza del que encuentra en Dios el perdón de sus pecados (v. 6-8).

Como la historia del hijo pródigo (Lc. 15:11-32), que es una perfecta ilustración de que no hay otra forma de llegar a Dios que no sea con una conciencia de la realidad de nuestro pecado, así también como el ladrón en la Cruz que habiendo reconocido su realidad (Lc. 23:40-41), al final simplemente pidió en humildad al Único que tiene potestad de salvar: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v. 42), a quien Cristo le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43); así mismo nos recibe el Padre, por medio de la obra de Cristo en la cruz.

“Ten ánimo, hijo.” Es una introducción de amor por parte de Cristo, mostrando que Dios nos ha recibido como sus hijos, de los que no merecían tal nombre Dios ha resuelto hacerlos sus hijos por amor a su nombre, nos llena de ánimo indescriptible tanto física como espiritualmente; y luego se nos muestra la única forma de cómo podemos ser hijos de Dios: “Tus pecados te son perdonados.” Un perdón divino que nos infunde ánimo eterno con gozo.

Benditas sean tales palabras que son poderosas para salvación, las cuales inician el camino del peregrino acá en la tierra. Tales palabras son el sello y la confirmación de una vida cristiana que va en rumbo a su destino con Dios, mientras pasa su vida terrenal. Porque cuando Dios se propone a salvar a una persona, nada ni nadie puede evitar que Dios logre su objetivo, ese es el poder de Dios para salvación en Cristo.

Aunque el viaje comienza con el perdón de pecados, no se queda allí, no es estática, no es una espera inactiva; sino un viaje movido, con turbulencias, con problemas, pero con un gran sentido de deber que voluntariamente hace del peregrino moverse sin parar. Las parábolas del Tesoro escondido (Mt. 13:44) y la de la Perla de gran precio (Mt. 13:45-46), nos muestran esa pasión que surge y motiva a todo cristiano a darlo todo por Cristo.

Es un viaje que sigue con un camino tan angosto como estrecha es desde su entrada (Mt. 7:13-14), pero que no detiene al peregrino. Porque tiene en su mente y corazón una meta, no meritoria porque ya tiene a Cristo, sino una de deber como peregrino: llegar hasta donde está su Señor. Vive en la tierra como digno ejemplo de un peregrino que sirve a un Rey mayor que todos, actúa como uno que quiere agradar a su Señor, habla como quien tiene un mensaje de parte de su Redentor, ayuda a su prójimo como quien recuerda que fue ayudado por uno Mayor que él, corre a anunciar el camino de salvación a sus semejantes como un mendigo le dice a otros mendigos donde encontró su pan de vida. Este peregrino es paciente como las diez vírgenes de la parábola (Mt. 25:1-13), pero que es activo y trabajador como los siervos fieles de la parábola de los talentos (v. 14-30).

Lo que lo mantiene con ánimo, con esperanza, con pasión viva como fuego de horno, es poder escuchar al final de sus días aquellas palabras dichas a los siervos de la parábola de los talentos: “BIEN, BUEN SIERVO Y FIEL; SOBRE POCO HAS SIDO FIEL, SOBRE MUCHO TE PONDRÉ; ENTRA EN EL GOZO DE TU SEÑOR.” (Mt. 25:21,23). Estas son las palabras que todo buen cristiano anhela escuchar de su Señor algún día al final de sus días. Estas son las palabras que llevan a todo cristiano a vivir la vida cristiana como un peregrino en este mundo de perdición. Estas son las palabras que un cristiano sabe que debe vivir primero acá en la tierra para poder escucharlas de su Señor, son las palabras que debe de hacerlas un hábito y un estilo de vida, para que su Señor lo confirme en el día final.

Este fue el pensamiento del Apóstol Pablo cuando le escribe a Timoteo (2 Tim. 4:6-8), hablando de su pronto final en la tierra, su final como peregrino acá en la tierra que sólo hacía lo que su Señor le había encomendado, diciendo:

Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mi, sino también a todos los que aman su venida.”

Estas son las palabras que están selladas en la mente de un peregrino en su vida cristiana en la tierra, su meta es su Señor, su deber es hacer lo que su Señor ha ordenado, su vida está en su Señor, su motivación es la cruz de su Señor, es diligente en la labor que hace, es disciplinado en su crecimiento espiritual, porque es un siervo fiel, es un soldado obediente, es un corredor fuerte, es un vaso de barro que ha guardado lo que su Señor le ha depositado (2 Cor. 4:7-10).

“En lo poco has sido fiel.” El cristiano no es perfecto en su vida, no siempre hace lo que debe, pero en lo poco que hace, le es fiel a su Señor (Rom. 7:15-25). Es un peregrino que no siempre avanza corriendo, pero nunca se detiene; cuando no está corriendo, está caminando, cuando se cansa camina más lento, pero nunca se detiene, sabe que tiene el tesoro más grande, tiene a Dios y con eso le basta; con eso el mundo le es como basura, porque ya ha probado algo que nunca encontrará en esta vida terrenal.

Entra en el gozo de tu Señor.” Estas son las palabras que lo harán descansar de su labor como peregrino, es su meta realizada, es la razón por la cual abandonó el mundo y vivió para su Señor. Estas son las palabras que ha anhelado escuchar desde que nació por segunda vez. Es un gozo indescriptible que se nos conceda, por pura gracia, el que entremos en el gozo del Señor. No podemos ganarnos su favor, nuestras mejores obras no son más que trapos sucios (Is. 64:6); por eso bienaventurado es aquel que escucha de su Señor tales palabras al final de su vida.

El verdadero peregrinar cristiano comienza milagrosamente con un “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” y culminan gloriosamente con un “Bien, siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”.

Nada en el mundo puede ofrecer tales cosas, ni de cerca. Nada en la vida se puede equiparar a vivir tal realidad dada por Dios. Ningún estilo de vida nos dará el reposo que tales frases brindan al cristiano que ha escuchado esto de su Señor. No existe nada que lo valga todo como el vivir para Cristo. Bien decía alguien: “Vale la pena gastarse para el reino de Dios.”

Estas son las palabras que hacen que el peregrino cristiano no clave las estacas de su campamento tan profundo, para cuando le toque seguir viajando pueda hacerlo rápido. Estas son las palabras que explican por qué Dios nos hace pasar por tantas dificultades, porque las aflicciones que padecemos son como cuando se mueve constantemente un diente flojo, para que no duela al ser arrancado. Así Dios nos prepara para que no amemos este mundo, no nos aferremos a sus deleites temporales, no nos acostumbremos al sistema corrupto que esclaviza mentes, para que de esta manera no nos duela cuando el Señor nos llame para partir de este mundo, y gozosamente vayamos a encontrarnos con nuestro Señor.

Espero en el Señor que estas dos grandes frases puedas escuchar en tu vida cristiana, porque muestran tanto el comienzo como el final del peregrinar en la tierra, un viaje que termina en el cielo, con el encuentro con su Señor. Que Dios nos conceda el vivir cada día a la luz de esta realidad: el comienzo con el perdón, y el final con la entrada al gozo de nuestro Señor.

Autor: L. J. Torrealba

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